Construcción de Santa Cruz de la Sierra

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“Bajo el cielo más puro de América”

Estaban pegados por el perfume cielo y tierra,
una hoja azul y una hoja verde de un cuaderno de imágenes,
era la hora del agua pura con que se hace la música,
era la hora del aire puro con que se hacen los espejos.
Se cumplía la infancia del color en los árboles
se cumplía el silencio de la luz en la estrella,
a nadie le ofendía que cada uno cumpla su destino,
hasta el día daba paso a la noche sin temor de la sombra,
no era raro el diálogo sin palabras inútiles.
Aun temblaba la carne como la flor,
aún podía mirarse a través de la carne de cristal
y dejar que los frutos maduren en el árbol
y que la línea cumpla su camino armonioso en el cuerpo intocado de la mujer.

“En la tierra de Ñuflo de Chaves”

Mas la lengua rosada del jaguar se fue poniendo roja sobre la piel desnuda.
Grandes cabezas de caimanes asomaron interrogándose.
Se oyó piafar en la llanura
suelto el primer galope de la sangre en el ritmo de una nueva explosión de vida.
Y los pájaros silvestres vieron como le iba creciendo las garras al cosario,
en tanto que el veneno corría por las ramas de la selva desovillando sierpes.
Se reunieron las piedras y esperaron el agua que venía llenando el horizonte.
Roncos tambores negros ordenaron la marcha del rayo.
El hombre aguzó la flecha en la tensión del arco silencioso de la lejanía.
Las mujeres corrieron a traer agua en el ánfora de sus senos.
Nadie hacía caso de los niños que se enredaban en las devoradoras redes de las arañas.
Los vientos echaron a volar las terríficas bandadas del surazo.
Parecía llegado el momento de lo irremediable para el candoroso espíritu de la selva.
Se había visto pasar una sombra fría por el inviolado paraje construido para los abuelos.
Y todo fue cediendo al influjo de una extraña serenidad nacida de la misma primera desesperación;
el idioma de los hombres tenía la misma generosa intención comunicativa en las ciudades de la selva;
los corazones en cualquier percho se agitaban de igual manera para el odio y el amor,
las almas tenían alas negras o blancas sea quien fuere el que les ordenaba volar,
y entonces los hombres desnudos y los hombres de hierro se reunieron en torno de la hoguera blanca que no quema,
y convinieron en caminar juntos para defenderse de la terrible fiera husmeadora de hombres desprevenidos: la soledad.

“En efluvios de paz y de amor”

Abierta la brecha de oro,
canto la construcción de Santa Cruz
al borde del inmóvil Piraí del horizonte.
Se ha tendido a los pies de la primera aurora
el cuerpo improvisado de la ciudad,
media desnuda todavía,
pero ya pudorosamente oculta entre sus regocijados abanicos astrales.
Los pajarillos cazan flechas
para canjearlas con luceros a los ángeles.

“Y surgió a su sombra un pueblo eminente”

Mañana que venía reventando frutales vendimias en el verano prisionero.

Con cuanta sencillez brotaron las primeras palabras de admiración
dándole gracias a la tierra por su calor de intimidad.
Ya comprendemos ahora lo que significa para ellos la construcción de un cielo verde,
en el filo del viento quebrando las hojas de las airosas palmeras,
y en la punta de las espadas sosteniendo el arcoiris para las bóvedas de sus templos.
Ya no irían más lejos,
ya no irían más lejos los desolados náufragos del Plata,
habitantes por siempre del Paitití dormido en la profunda claridad de un diamante.

“De límpida frente y de leal corazón”

Santa Cruz de la Sierra
capital del espejo y de la música,
presidamos tu marcha con banderas de árboles
por el camino abierto desde las orillas del horizonte,
contenida en el pulso la palpitación del mar lejano.
Conocen tu estatura desde que nacen y se apagan los luceros
Llevando la cuenta luminosa de cuatro siglos trashumantes.
Signo de paz tu nombre torturado en simiente,
con un lápiz de tierra escribiéndole en el sur,
mi infancia lo repite sin apuro
con el desperazamiento de las bellezas íntimas,
ovillándose fosforescente en los umbrales del recuerdo.
Si parto un día,
dejaré en tus manos mi rosario de luciérnagas,
dejaré en las cuerdas de rocío mi cancionero de cigarras.
Santa Cruz de la Sierra,
hermana mayor de la campana.
Santa Cruz del Sutós.
Ciudad del signo nuestro con rúbrica en el alma,
con un clavel de heridas iluminadas en los labios.
Sí, porque todo es nuevo y simple en esta evocación,
y hasta las cruces de tu escudo
se me imaginan tallos de lirios entrelazándose para bendecirnos,
y tu corona la misma de la piña de oro.

Fuente

Raúl Otero Reiche 20 de enero de 1906 . Cantos del Hombre de la Selva. Antología Poética. Santa Cruz, 1988

Imagen

“Santa Cruz, Bolivia” por Sam Beebe bajo BY-SA 3.0