Libre albedrío o predestinación

predestinoMucho se ha escrito y se ha polemizado acerca del libre albedrío en el hombre. Los filósofos de todos los tiempos –y los vulgares “opinadores” de siempre- han expuesto todas las posibilidades, o casi todas, al respecto.

Las posturas extremas se sitúan entre la inexorabilidad absoluta, que inhibe al hombre de toda determinación, o la libertad humana o ilimitada sin más motor que el deseo, triste sombra de la voluntad.

Los “inexorabilistas” oscilan, a su vez, entre un Dios inapelable que ha creado este mundo previéndolo todo, hasta el más ínfimo de los detalles, y otro “dios” igualmente inapelable que es la nada o la casualidad, o el “total para qué…”, que vuelve inútil cualquier intento humano.

Los “liberalistas”, por su parte, van desde el dios que deja actuar al hombre según su criterio pero sólo para ponerlo a prueba, hasta el dios al que nada le importa el destino humano porque se mueve en otras esferas, o el hombre al que nada le importa la opinión que Dios tenga sobre él.

El filósofo Platón, en su momento, utilizó una interesante metáfora para ejemplificar el juego entre el libre albedrío y la predestinación. Pidió que imagináramos una nave con rumbo fijo y un capitán que la lleva por un trayecto determinado hasta el puerto de llegada: esto corresponde a la predestinación, a lo inexorable. Pero, mientras dura el viaje, los ocupantes pueden moverse libremente por la nave y asumir cuantas actitudes crean convenientes: esta es la parte de libre albedrío que corresponde al hombre.

También como filósofos –es decir, como amantes de la Sabiduría- los acropolitanos creemos que hay ideas que no pasan de moda y resisten polémicas y controversias. Tal es el caso de lo expuesto por Platón.

El Universo, en su grandiosidad, sigue unas Leyes que se nos escapan, o por muy complejas o por muy simples; pero nosotros no escapamos a esas leyes en cuanto formamos parte del Universo. En este aspecto, nuestra libertad está, no limitada, sino en coordinación con el destino universal.

Pero en cambio hay muchos aspectos que sí nos conciernen; hay una amplio campo de acción y de evolución en el cual el hombre toma parte activa cuanto más activa está su conciencia, cuánto más desarrollado está su criterio y su sentido común. Ese es el libre albedrío que no deberíamos desperdiciar ni despreciar, pues aparentemente no mueve las estrellas, pero puede cambiar el rumbo de una chispa de luz tan importante como el destino de cada ser humano.

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“Por el camino de Swan” por José Luis Mieza bajo BY-NC-SA 2.0